La concepción marxista del ser humano puede encontrarse en sus primeros escritos, particularmente en los Manuscritos, en la crítica a Hegel y las Tesis sobre Feuerbach, que constituyen el núcleo del llamado “humanismo marxista”. La crítica marxista se concreta en estos 3 puntos:
- Respecto al ser humano hegeliano, que es autoconciencia y pensamiento, para Marx debe primar en el hombre la actividad.
- En el polo opuesto, al entenderlo únicamente como actividad y trabajo, la economía política cosifica al ser humano, robándole su capacidad de tomar decisiones y de “hacerse a sí mismo”
- En cuanto a Feuerbach, su concepción del ser humano sigue siendo demasiado abstracta y teórica. Se olvida del lado práctico del ser humano, y así se aleja del hombre concreto para ocuparse de una esencia tan abstracta como inútil.
Marx defiende que no existe una esencia de “ser humano” que deba ser realizada, sino que el hombre es trabajo, actividad. El ser humano se hace a sí mismo en sus propias acciones y decisiones, sin realizar ningún modelo previo. El hombre es un ser activo, y su dimensión práctica es más importante que la teórica. El hombre no puede entenderse sólo como un “animal racional”: si la capacidad de pensamiento domina sobre la capacidad de acción, se reproduce una concepción injusta heredada ya de las sociedades esclavistas. Además, hemos de tener en cuenta que el trabajo y la acción es lo que pone en contacto al ser humano con la misma naturaleza y con el resto de seres humanos. A través del trabajo el hombre transforma la naturaleza y ocupa un puesto determinado en la sociedad. Por todo esto, dirá Marx en la sexta tesis sobre Feuerbach que “la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo; es, en realidad, el conjunto de las relaciones sociales.”
Tomando como referencia este cambio en la concepción del ser humano, Marx reforma también otro concepto heredado de Hegel y de Feuerbach: la alienación. Podríamos definirlo como aquel proceso o situación social por la cual el hombre se convierte en algo distinto, ajeno o extraño a lo que debería ser, a lo que le corresponde. Marx entiende que esta alienación se da precisamente en el trabajo: aquello que debería realizar al hombre (no olvidemos que éste es actividad) es precisamente lo que le termina cosificando, lo que le esclaviza, lo que le convierte en algo inhumano, por tanto en algo distinto de lo que el hombre es. En la medida en que el trabajo no humanice al ser humano, se tratará de un trabajo alienante, y estará en el punto de mira de la crítica marxista. En concreto, Marx afirma que esta alienación que se produce por medio del trabajo tiene 4 dimensiones:
- Respecto a la naturaleza: ésta deja de ser un patrimonio común sobre el que cualquier ser humano puede disponer para trabajar, y se convierte en la propiedad de otro, en materia prima que se puede comprar y vender, enajenada respecto a su original propiedad común.
- Respecto al trabajo mismo: éste no le pertenece al proletario sino al burgués que le emplea, y que aprovecha la situación de superioridad que esto genera. Además es un tipo de actividad que no es elegida, libre ni creativa, sino que a menudo consiste en una mecanización del ser humano. El proletario no elige su trabajo y se ve obligado a venderse a sí mismo como trabajo, lo que le hace sentirse extraño, insatisfecho, explotado. “Está en lo suyo cuando no trabaja, y cuando trabaja no está en lo suyo”, llegará a decir Marx para el que la libertad del proletariado queda limitada “a sus funciones animales, en el comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la habitación y el atavio, y en cambio en sus funciones humanas se siente como animal.”
- Respecto al producto de su trabajo: tampoco éste le pertenece, sino que es la mercancía, el capital que será vendido para beneficio exclusivo del burgués, dueño de los medios de producción. Esto aumenta aún más el abismo de desigualdad que existe entre la burguesía y el proletariado. El producto final termina esclavizando a su productor, que no ejerce ningún tipo de poder sobre él.
- Respecto a la sociedad: la alienación del trabajo es el origen de las clases sociales. El lugar del trabajo es sinónimo del lugar que se ocupa en la sociedad, lo que determina todas las posibles relaciones sociales. Además, el trabajo propio del capitalismo genera competencia y desigualdad: el otro no es visto como un compañero, como otro ser humano, sino como un rival con el que competir, contra el que luchar. El trabajo capitalista genera egoísmo y destruye toda posibilidad de unas relaciones sociales basadas en la justicia y la igualdad.
Para Marx hay una relación directa entre esta alienación del trabajador y la propiedad privada. Por eso, desde esta primera época en que perfila el concepto de alienación, abogará por una supresión del capital, que tendrá como consecuencia la desaparición de la alienación del hombre. El ansia de tener, de dominar las cosas, de vencer sobre los demás se verá sustituido por una nueva relación con la naturaleza basada en sentimientos como el amor o la confianza.
tomado de: http://www.boulesis.com/didactica/apuntes/?a=209&p=2Friedrich Nietzsche
El gran tema de la filosofía de Nietzsche es la vida. Siguiendo a su maestro, Schopenhauer, defiende la idea de la voluntad de vivir del hombre, a si como que el vivir está por encima del conocer. Nietzsche no se explica como en la civilización occidental, puede tener más importancia los valores racionales, de la metafísica, la ciencia y la historia que los de la vida misma. Estos valores suponen una fundada negación de vida, pues han tomado la vida como una enfermedad y han sido urdidos como remedio contra esa enfermedad. Y la vida ha quedado sofocada, pero lo único que se ha hecho tanto desde las razones metafísicas y científicas es prever, anticipar, controlar, aprisionar el irrefrenable movimiento de la vida. Nietzsche, lo que se propone es derribar estos valores que niegan la vida (nihilismo: es la creación contra el mundo suprasensible al que niega todo valor: la nada de los valores superiores.),”sed fieles a la tierra”, dijo. “No escuchéis los que os ofrecen esperanzas celestiales”. Esto se consigue haciendo una transvaloración de los valores, cuyo fin sea el de afirmar incondicionalmente la vida.
Pero, ¿Qué es la vida? ¿Por qué en Occidente ha sido vivida como enfermedad de la cual había que defenderse? Aquí retomando el hilo de los presocráticos, Nietzsche se sitúa en la época del nacimiento de la tragedia.
La consciencia filosófica nació en realidad de aquel asombro ante el devenir de las cosas. Las cosas son y no son, están sujetas invariablemente al ser y a la nada, y el hombre es la consciencia del dolor ante este inevitable devenir de las cosas (devenir del que ni él mismo puede escapar). Esto se ve claramente reflejado en las tragedias griegas, las cuales no pretenden ocultar el devenir, sino aceptarlo y respetarlo. En conclusión Nietzsche, afirma que el hombre, igual que en la tragedia griega, debe respetar y aceptar su devenir.
Nietzsche, en este punto forja las nociones de lo apolíneo y lo dionisíaco con el objeto de categorizar esta dualidad y este antagonismo fundamentales de la vida. El instinto apolíneo (del dios Apolo) es el creador de las formas perfectas, de la medida, del equilibrio; mientras que el instinto dionisíaco (del dios Dionisio), presenta el elemento orgiástico de las bacanales, mezcla de placer y terror, que hace posible la creación artística abierta, en la que el hombre sale de los límites de sí mismo fundiéndose con la Naturaleza. Nietzsche manifiesta que es preciso recuperar el espíritu dionisíaco para que la superación de la vida sea posible, pues la voluntad de poder sólo podrá representarse a través del espíritu dionisíaco. En conclusión, el hombre debe mantener un equilibrio entre los dos instintos.
Nietzsche, siguiendo en esto también a los griegos, considera que en los altos vuelos del pensamiento el cuerpo humano ha sido casi siempre el gran olvidado. Y este es para Nietzsche uno de los grandes errores de la cultura occidental. Los griegos jamás despreciaron el cuerpo; sabían que una mera disciplina de los sentimientos y los conocimientos a nada conducía si antes no se había persuadido al cuerpo: “ Es decisivo para la suerte de los pueblos y de la humanidad el que se comience la cultura por el lugar... Y el lugar justo es el cuerpo, el ademán, la dieta, la fisiología, el resto es consecuencia de ello...”
La posición nihilista de Nietzsche, que he comentado antes, tiene por objeto la liquidación de los valores decadentes, justamente porque en la Europa de su tiempo -la segunda mitad del siglo XIX- el se da cuenta de su decadencia, que se expresa como duda, melancolía, cansancio y oposición. “Hay que empujar lo que cae”, dice en una de sus máximas, y lo que está cayendo en esta época es la metafísica con que la cultura occidental se defendió de su método de vida. Pero este combate no tiene únicamente un sentido antimetafísico. El hombre moderno, cansado y enfermizo, ha sustituido la antigua seguridad que le proporcionaba la filosofía y la religión por una nueva forma de racionalidad, la derivada del conocimiento científico-técnico, mediante la cual se sigue protegiendo de la vida. La técnica ha venido así a reemplazar a la vieja metafísica.
La transvaloración de los valores exige entonces que de las ruinas del hombre cansado y decadente surja un hombre nuevo, creador y vital, que aprenda nuevamente a gozar de la tierra y que aprenda también a soportar sin quejas el sufrimiento.
Esta transvaloración, tiene por objeto, la afirmación de la vida sin condiciones (juicios de valor) de ningún tipo. Porque la vida, no es mera consciencia de la existencia, sino ante todo voluntad de poder que se expresa eternamente como querer, llegar a, convertirse en... esto es, el elemento genealógico de la fuerza, la raíz de la fuerza, de donde surgen nuestras valoraciones e interpretaciones. El mundo, en último término, es todo aquello que viene determinado por la voluntad de poder, y el mismo concepto de ser no es más que una generalización del concepto de vivir. Nietzsche cree que la vida del hombre está guiada por el azar y en su desarrollo no tiene ni un orden ni una finalidad concreta.
Para que el hombre pueda ser libre debe “morir Dios”, si “muere Dios” muere la cultura europea. Esto debe hacerse por tres motivos: Motivo moral: al morir Dios muere la moral cristiana; Motivo humanista: para que el hombre pueda ser de verdad hombre, no debe existir Dios; Motivo teológico: renace otros dioses politeísmo.
Ahora bien, la voluntad de poder, porque es aceptación del devenir (con todos sus temores y miserias), encuentra su expresión más alta en un querer que las cosas se repitan de la misma manera que han sucedido. La voluntad de poder, sustentada por un amor incondicional a la vida, desea en su forma más pura el eterno retorno de las cosas, de modo que el hombre dueño de tal voluntad pueda decirse a sí mismo: ”Esta vida, como la vives ahora y la has vivido, deberás vivirla otra vez más y otras innumerables veces más, y en ella nunca habrá algo nuevo, sino que todos los dolores y placeres, todos los pensamientos y suspiros, todas las cosas grandes y pequeñas, deberán volver a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión: también esta araña y este rayo de luna entre los árboles, y aun este instante y yo mismo”. Pues todo futuro en repetición y por tanto en pasado, es el amor máximo a la vida y la aceptación de su eterna dimensión intramundana.
La plena afirmación de la vida, a voluntad de poder, la idea del eterno retorno de lo idéntico hablan de un hombre del futuro, de “gran corazón”, en el que deberá darse la máxima riqueza en impulsos y la fuerza necesaria para regirlos: un superhombre.
Nietzsche afirma que el hombre actual “es una cuerda tendida entres la bestia y el superhombre: una cuerda tendida en el abismo... Lo más grande del hombre es que es un puente y no una meta; lo que debemos amar en él es que constituye un tránsito y un ocaso”
Así, sobre las ruinas del hombre viejo y decadente, cansado y enfermizo, ha de nacer el superhombre, cuya característica más esencial será la de estar en posesión de esta voluntad de poder que quiere y desea el eterno retorno de las cosas, es fiel a la tierra y niega todo más allá. Un Superhombre de conducta activa, creadora y espontánea, que no se dejará imponer los valores desde fuera, sino que él mismo forjará sus propios fines, creando una nueva tabla de valores. Nietzsche piensa que con este superhombre la vida llegará a su máxima plenitud.
La influencia de Nietzsche, fue decisiva en lo que respecta a la superación del decadentismo característico de las postrimerías del pasado siglo, de aquel espíritu crepuscular que en realidad constituía una prolongación desnaturalizada del romanticismo. Nietzsche es un fustigador de este decadentismo y, en general, de toda actitud humana que, a la manera romántica, se sumerge en la nostalgia del pasado.
http://html.rincondelvago.com/friedrich-nietzsche_3.html
En El malestar en la cultura, de 1927, Freud interpreta "el secreto de la vida orgánica en general", "el proceso de civilización" y el "desarrollo del individuo" como productos de la lucha de dos fuerzas contrapuestas, Eros, la pulsión de vida, y Thanatos, la pulsión de muerte: "[...] la repetición de la misma fórmula se justifica considerando que la civilización de la humanidad y el desarrollo del individuo son ambos procesos vitales, que en consecuencia deben participar del más general carácter de la vida".
La teoría psicoanalítica distingue en el hombre tres elementos: el Ello, que comprende las pulsiones y por tanto la energía vital originaria; el Yo, que representa la autoconciencia, y el Súper-Yo, esto es, la conciencia moral. El Súper-Yo sería una adquisición tardía, formada en el curso del desarrollo individual bajo la influencia de los padres, de la confesión religiosa y de la sociedad civil; comportaría la identificación con determinados valores y la consecuente renuncia a la satisfacción de algunos instintos y su remoción al inconsciente.
Según este esquema sería precisamente esa incompatibilidad la causa de los conflictos psíquicos. La terapia analítica consiste habitualmente en reducir las pretensiones del Súper-Yo: "Así pues nos vemos muy a menudo obligados — escribe en El malestar en la cultura —, para nuestros intentos terapéuticos, a combatir el Súper-Yo, y nos esforzamos en reducir sus pretensiones". La lucha contra el Súper-Yo comporta también una desvalorización de los valores interiorizados, que ya no son considerados como fundamentos de la existencia humana y de la sociedad civil, sino como patógenos. Si para el psicoanálisis "la vida consciente es una superestructura construida sobre una subestructura de fuerzas inconscientes y conflictivas" — así se expresa, con feliz formulación sintética, el historiador de la psiquiatría Henri Frederic Ellenberger —, éste se atribuye también la función de desmitificar tal superestructura, de explicar con sus teorías la génesis inconsciente e instintiva de la actividad humana y, por lo tanto, de considerar las motivaciones ideales sólo como presuntamente tales: el término "sublimación", por ejemplo, que ha entrado en el lenguaje común, designa propiamente el hecho de que los ideales altos y nobles habrían tomado el puesto de la meta originaria de los instintos no satisfechos.
También las representaciones religiosas son consideradas como construcciones psíquicas, que pueden responder a exigencias interiores, pero que estarían privadas de correlaciones reales, serían indemostrables e inconciliables con la visión del mundo científica y por tanto también con el psicoanálisis como acercamiento científico al estudio de la psique. La interpretación de las creencias religiosas como proyecciones psíquicas no es nueva: la novedad del psicoanálisis consiste en el intento de explicar psicológicamente la naturaleza y el contenido de estas proyecciones. El sentido de impotencia frente a las catástrofes naturales, a la enfermedad y a la muerte evocarían condiciones análogas a las de la infancia y llevarían a admitir la existencia de un ser omnipotente y misericordioso, construido sobre la base de la figura paterna idealizada en la infancia. Así Freud reconoce a la religión una función consolatoria, que puede dar consuelo al individuo, si bien siempre de carácter ilusorio.
tomado de: http://www.alleanzacattolica.org/idis_dpf/spanish/f_sigmund_freud.htm
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